Tras la pista de Vicente

El mundo es pequeño… Cuando escribí sobre Vicente Ferrer no era consciente de que una persona bastante cercana había compartido parte de su tiempo con él y su proyecto. Se trata de Maite de Aranzabal, una de las coordinadoras del Grupo de Pediatría, Inmigración y Cooperación Internacional de la AEPap. Ha sido un curioseo por la red el que me ha llevado al testimonio sobre su experiencia, testimonio escrito hace ya un tiempo y que os reproduzco íntegro a continuación (las imágenes han sido cedidas amablemente para esta ocasión, así que el agradecimiento no puede ser menos que doble):

Me gustaría contaros mi experiencia y mi opinión sobre el father (que ya no era father aunque todos le llamaban así) Vicente y su Fundación, Rural Development Trust (RDT) ahora en boca de todos por ser candidata al Premio Nobel de la Paz. Galardón merecido porque la paz no se logra mientras haya pobreza y desigualdad, la paz sólo se consigue si se tiene el estómago tranquilo y se cumplen unos mínimos derechos humanos. Esto es lo que permite que surjan la bondad y la felicidad en el ser humano. A la paz se llega por el desarrollo y para ello hay que trabajar, como Vicente y Anne Ferrer, su mujer y compañera de aventura toda la vida.

Yo estuve como pediatra en su Fundación casi 6 meses en un hospital pequeño, en un cruce de caminos que era el lugar más adecuado para que acudieran los pacientes de los pueblos cercanos, el Hospital de Kanekal.

Allí fui con mis dos hijos, de 8 y 9 años.

Mis niños iban a la escuela pública más cercana donde, además de sentarse en el suelo de tierra y presenciar –según el antiguo método de disciplina- cómo pegaban a los niños cuando hacían mal las cosas, se hicieron amigos a pesar de que estos sólo hablaban telugu. Mis hijos dicen que hablaban en inglés todo, pero sólo saben decir chocoleit o sea que no me lo creo. Y aun así disfrutaron enormemente de esos meses aunque -todo hay que decirlo- el pequeño volvería a India, pero se niega a ir de nuevo a una escuela allí. El cole eran unas paredes con varias divisiones y tejado de uralita en medio de la nada. Todavía nos telefoneamos con la directora y algún alumno. Por las tardes cambiaban de lugar y compartían música, juegos y columpios con las niñas ciegas y bailes y juegos deportivos  con las sordomudas con las que estaban encantados porque ahí sí que no hacia falta saber inglés ni telugu.

El programa de desarrollo RDT, que comenzó hace 40 años, se sitúa en el sur de India, en un lugar pobre donde los haya, seco y árido donde apenas había posibilidad de conseguir un trabajo que permitiera sobrevivir. Además, Vicente Ferrer eligió esta zona por ser territorio de los dálits, los intocables; es decir, siguiendo el sistema de castas de India, los que están fuera de ellas. Cada casta define el estatus social en relación con aspectos como con quién puede casarse o qué profesiones puede desempeñar. Al estar fuera de las castas, los dálits sólo pueden ser trabajadores del cuero, granjeros pobres, jornaleros sin tierra, artesanos callejeros, artistas populares, lavanderos de ropa etc. Tradicionalmente, eran aislados en sus propias comunidades, hasta el punto de que no se les permitía usar dinero ni ir al colegio y las clases superiores evitaban el contacto de sus sombras. La discriminación contra los dálits existe aún en zonas rurales y en la esfera privada. No obstante, en lo relativo a libertad de movimiento y el acceso a la educación, ha desaparecido en zonas urbanas y en público.

No me gusta ensalzar en vano pero verdaderamente y teniendo en cuenta que conozco otros muy buenos programas en países en desarrollo, el proyecto de Vicente y Anne Ferrer es lo mejor que jamás he visto. Es autónomo e integral, esto es, funciona ya por sí solo y abarca todos los campos. Han hecho de todo: cientos de escuelas complementarias para impartir formación y educación que es lo más importante para dar perdurabilidad al desarrollo, cuatro hospitales, centros de planificación y partos y además, una bien organizada red de salud rural con médicos y para-sanitarios que asegura la atención en toda la provincia. Es obvio que las enfermedades y discapacidades no permiten a la persona trabajar y ganarse la vida, además de suponer un enorme costo para familias ya miserables: RDT ha desarrollado muchas residencias destinadas a niños con discapacidades para lograr su desarrollo y sobre todo que tengan una identidad. Agua, pozos, embalses, sistemas diversos de regadío para la agricultura, para beber y para higiene, variados sistemas de obtención de energía, construcción de viviendas, asociaciones de mujeres… El resultado es fantástico. Es cierto que hay cooperantes y voluntarios que colaboran generosamente pero el verdadero desarrollo de esa zona ha llegado porque son los propios indios, incluidos los dálits, los que se han formado, llevan adelante el proyecto y han conseguido ser tenidos en cuenta en su sociedad. Los arquitectos, profesores, médicos o enfermeras cooperantes  acuden para programas concretos, sofisticadas intervenciones  o para formar al personal local en un área específica. Las clases las imparten educadores autóctonos, la organización de su propio banco y de su estructura local la diseñan ellos, así como el cultivo de las tierras. Y ellos pasan los conocimientos de unos a otros. Pero lo más fantástico es el ambiente: ambiente de trabajo, de tranquilidad espiritual, de generosidad, de buen rollo, de alegría y actividad. En esto, Vicente, o father Vicente mejor dicho, era único. Tenía ya ochenta y pico años cuando yo estuve y salía cada mañana tranquilo y arregladito a su oficina. Repasaba cada proyecto, cada petición, cada nuevo plan él mismo y daba su aprobación o desaprobación. Estaba al tanto de todo, increíble. Hasta sabía cómo funcionábamos los voluntarios y desde luego, si había que reñir, no le temblaba la voz. Con mis hijos siempre tenía buen ambiente, les intentaba hablar en euskera que le encantaba, les decía secretos que no permitía me fueran contados…

Un día los castigué en la habitación sin salir por una trastada gorda que habían hecho. Vicente, sin decirme nada cogió la llave doble y se fue a hablar con ellos y a soltarlos. Me dijo que él era el jefe y que ya estaba arreglado.

Trabajador nato, hasta última hora de la noche al pie del cañón, y encima se enteraba de todo lo que pasaba en el campus. Lo que más me gustaba era su ironía. Me encantaba hablar con él porque sabía mucho, era espiritual, profundo y responsable y tenía una especie de visión cosmogónica, objetiva, por encima de tonterías y con mucha sorna. Era así incluso para hablar de política o de religión. Es reseñable por ejemplo, que en el campus y en todas las oficinas estuvieran las fotos de una mezquita, del Dios hindú Ganesh, del Sai Baba y de Jesucristo. Así no había problema. Para hacer lo que hizo hay que ser inmensamente generoso e idealista y trabajador y perseverante y alegre y… Era seguro de sí mismo, exigente, muy humano y creyente en la justicia. Pero además era un hombre feliz que sabía gozar de la conversación, de la gente, de la belleza, le gustaba estar rodeado, hacer chistes y decir cosas sorprendentes. Y a mí, cuando recuerdo India, no me extraña que se sintiera atraído por su belleza: el colorido, lo abrumador, los hombres con sus arados de madera y sus búfalas trabajando los rojos campos, las elegantes y dignas mujeres, el movimiento, la algarabía constante, los tamarindos florecidos, las vacas en la carretera, las caras de diferentes tonalidades oscuras y expresivas tanto de la desgracia como de la alegría, surcadas de arrugas o picadas de viruela unas, tersas y brillantes otras, los ojos tuertos, los ojos brillantes, las imágenes policromadas de los dioses, las abiertas sonrisas de los niños, los rickshaws abarrotados de gente, los camiones y autobuses decorados como las barracas haciendo sonar estrepitosamente sus cláxones: bullicio, bullicio, bullicio…

Una belleza que, como Vicente mismo, no permite el reposo y te va contagiando y absorbiendo poco a poco, te causa impresión y te da energía aunque te agote. Sólo espero que le den o no el premio Nobel, su proyecto continúe y yo siga sintiendo esa belleza como mía, aunque sea en el recuerdo: la belleza de India y la de Vicente.

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6 respuestas a Tras la pista de Vicente

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  2. Haces Falta dijo:

    Grandísimo testimonio. Ha sido un placer leerlo. Gracias a Maite por contarlo y a ti por difundirlo.

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