Sumatra (3): pediatría extrema

(viene de Sumatra (2): primeros impactos)

Podría hablar de muchos de los indonesios que conocí esos días. Algunas personas nos miraban con sonrisa infantil, a veces levantando su puño con el pulgar hacia arriba, con el mismo gesto que utilizan los buzos para indicar al compañero que todo va bien. De todos, hoy solo quiero recordar con precisión a una niña de unos 7 años, que llegó al hospital de campaña con su madre. La nena respiraba con un poco de fatiga, tenía fiebre y la ropa manchada de sus deposiciones. La lavamos. No disponíamos de ropa de niño, pero hicimos un vestido con la tela de gasa que usábamos para cubrir las camillas, superponiendo varias capas. Guardo la fotografía que le disparé ya limpia y vestida como una bailarina, con las gafas de oxigenoterapia y el antibiótico haciendo efecto, porque duerme tranquila, con un brazo sobre la cabeza, tan desmadejada como suelen dormir los niños sanos. Estábamos esperando a que llegara la “ambulancia” que la trasladaría al pabellón pediátrico del gran hospital. Nos ofrecía mucha confianza porque algunos de nuestros compañeros estaban colaborando con los sanitarios europeos que lo atendían en esos días y nos habían proporcionado buenas referencias.  Por fin llegó el vehículo de transporte, en el que cabía la camilla de la niña gracias a que algún compañero anónimo había conseguido desmontar el asiento del copiloto y el inmediato trasero. Quisimos que el camino lo hiciera semincorporada, para facilitar su respiración, lo que logramos a base de amontonar cartones. Aún antes de partir al hospital apareció un americano vestido impecablemente (se rumoreaba que hasta tenían lavadoras) y dejó un blanquísimo osito de peluche en sus manos. A esas alturas ella era mi única paciente y todavía pude permitirme hacerle otra foto que vuelvo a mirar cien veces, porque me mira a mí, ahora, cómodamente instalada, camino de su curación.

Al día siguiente pedí hacer el turno de trabajo en el hospital. Quería ver a la niña definitivamente mejorada. En la puerta del pabellón estaba su madre, con la misma cara de tranquilidad y confianza que le había visto el día anterior, por eso solo podía atribuir a mi mal inglés lo que creía estar entendiendo a la amable y rubia pediatra que me recibió: a la niña le habían administrado un antibiótico más sencillo que el que le pautamos nosotros, ya que era importante no aplicar tratamientos de mayor nivel que el que los indonesios tenían habitualmente disponibles. Empeoró durante la noche, acababa de fallecer. Después de escucharlo por segunda vez empecé a llorar y  llorar como no había visto hacer a ningún indonesio. Me pareció que la madre quería acercarse a consolarme, lo cual ya era auténticamente insoportable, por lo que opté por dirigirme tan rápido como pude al servicio de Urgencias, en donde trabajé el resto del día. Llegué de noche a la Facultad de Medicina, nuestra casa. No tenía fuerzas para cambiarme de ropa, ni para elegir una lata de comida. Entré en la mosquitera, me tomé el somnífero de rigor y me encogí en posición fetal. Aún no había dormido cuando alguien me dio unos golpecitos en el hombro. Estaba desorientada, creí soñar, porque era un compañero que me ofrecía un plato de arroz humeante y me decía: Nieves, no puedes irte a dormir sin cenar, nos han traído un saco de arroz y te lo he preparado.

(continuará)

Nieves de Lucas

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