Sumatra (y 4): tiempo de reconstruir

(viene de Sumatra (3): pediatría extrema)

Durante los días que seguimos allí continuó el goteo de desánimo entre el equipo, siempre flaqueando de uno en uno, siempre con el resto suficientemente fuerte como para ofrecer una frase, un chicle, una lectura. Ya con el hospital de campaña desmontado nos comunicaron que el avión que venía a recogernos no había obtenido el permiso para sobrevolar la India, al parecer era la fiesta del cordero y ningún funcionario estaba disponible para firmarlo. Eso nos permitió recorrer la parte de la ciudad menos dañada por el tsunami. Los niños morenos, de ojos grandes y rasgos delicados se agrupaban y pedían que les fotografiáramos. Una madre joven nos enseñó a su bebé, que me pareció el más guapo del mundo. Los lugareños nos invitaban a entrar a sus casas ya limpias. Me atreví a preguntar a uno de ellos, un profesor de deporte al que se le habían muerto todos sus alumnos, cual era la razón por la que no lloraba. Me dijo que había pasado el tiempo del llanto y ya había llegado el tiempo de reconstruir. No eran sólo palabras, frente a la puerta de las casas resistentes al tsunami se acumulaban los ladrillos y se cruzaban cuerdas con ropas y alfombras recién lavadas. En los tallos de los rosales brotaban las yemas.

Regresé distinta. Han pasado seis años. Sigo agradeciendo el suelo quieto, el techo y las paredes protectoras, el agua que sale de los grifos, a veces fría y a veces caliente,  el supermercado que abre por las mañanas con las estanterías pulcras ofreciendo alimentos variados, el amor que ya sé recibir y dar a mis hijos y a tanta gente. Estar viva.

Paseo por la montaña con Ramón, ese hombre que me pareció interesante antes de mi viaje a Sumatra. El camino huele a agua que la tierra ya no puede empapar. En los lugares casi sin pendiente el agua se encharca y el perfume se acidifica. Hay un momento que me vuelve a la boca el sabor de la anguila que comimos juntos en el delta del Ebro, resumen delicioso del agua estancada. A ratos hay toques dulces muy sutiles de jara, conífera o cantueso. Es el olor del invierno tardío. No puedo parar de andar. Si me detengo, mi pituitaria se acostumbra al estímulo y dejo de percibirlo. Antes de cruzar el río el musgo llega cantando a yerba recién cortada. Acerco mi nariz al cuello de Ramón, que queda a mi altura. No le beso ni le toco, pero añado a la sinfonía la nota de sudor precisamente sobre su piel.

Gracias, Terimakasi.

Nieves de Lucas

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