Infancia atropellada en Madrid (I)

Leo en la lista de distribución PEDIAP un correo de Enrique. Nos pone en la pista sobre las cosas que pasan desapercibidas en nuestro mundo porque las versiones oficiales apuntan en otra dirección. Hace mucho tiempo que escribí sobre El Gallinero, también en una de las entradas más leídas del blog a pesar del paso del tiempo. Nos deja Enrique dos lecturas que me traen recuerdos de juventud, la primera de ellas firmada por María Garrido en Katharsismedicina, que copio de forma íntegra:

En algunos lugares se puede tener la certeza de que el ser humano sigue avanzando en su aventura, mirando sin miedo hacia el abismo del futuro. Seguro que ya estáis pensando en laboratorios, despachos o enormes aulas magnas, nada más lejos de lo que voy a contar. 

Creo que he tenido el privilegio de conocer uno de esos lugares. Se trata de la cocina de una mujer, Lucía. Allí, día tras día, Lucía paseaba su larga trenza de un lado para otro, preparando biberones y cocinando panes a un ritmo incansable. De tanto en tanto, se asomaba a la puerta para interceptar con un movimiento rápido a alguno de sus nietos y darle alguna orden, hacerle una coleta o limpiarle los mocos de la cara. En seguida su jersey de lana con motivos balcánicos, rojos y negros, volvía a desaparecer en el vientre de la pequeña cocina para seguir atendiendo sus labores de abuela.

El bullir de esas cuatro paredes de madera y plástico sugería una fuerza lejana en el tiempo, como si fuera un reducto del amor más natural y antiguo que ha conocido el hombre. El observador se convencía de que la entrega de personas como Lucía a ese noble trabajo es posiblemente una de las causas por las que la humanidad sigue en pie, a pesar de todo.

Ahora que la conocéis podréis comprender la desolación que llenó a todas las personas que ayer vieron cómo este diminuto templo del progreso (progreso como sería entendido si los hombres no fuéramos tan fáciles de cegar con banalidades) quedaba reducido a una montañita de astillas, alegándose unas razones que no hacían más que añadir peso al escarnio.

No creo que nos haya sido dado el don de la clarividencia a ninguno de los que sufrimos como una enorme pérdida los derribos de chabolas de El Gallinero. Es más, estoy segura de que la belleza de la vida que en ellas transcurre, a pesar de la cruda injusticia de tener que vivir en esas condiciones, puede por sí sola deslumbrar a la cabeza más cerrada.

Sin embargo, algo debe estar ocurriendo con la sensibilidad de los madrileños para que se permitan cosas como las que ocurrieron ayer, 25 de Abril, en las calles del poblado.

Esa mañana, a los niños no les despertó la mano amiga de los voluntarios que les llevan a la ruta escolar. Media hora antes de la llegada de los voluntarios, cuando el poblado todavía dormía, las calles se llenaron de antidisturbios con enormes botas y cascos. Seguramente los niños se despertaron sobresaltados y al asomarse a las puertas de sus casitas vieron un panorama que les hizo sentirse plenamente despojados. Al mirar a sus padres, quienes como para cualquier niño representan la fortaleza y la protección, solo vieron caras asustadas y dolidas. Todavía les esperaba una larga mañana en la puerta de su casa, rogando en silencio que el hombre del chaleco no levantara el dedo índice para señalar su chabola. Ese gesto es invariablemente el principio de la desgracia para cualquier familia de El Gallinero.

Afortunadamente, esos críos son los más valientes que he conocido nunca. Son chavales que cada mañana se levantan y se lavan con agua helada para ir a un colegio en el que, cada día, vencen obstáculos insalvables para nosotros. Unos días, la ruta escolar no pasa a recogerles; otros, sus profesores no les dejan pisar la clase por razones tan importantes como que el color de sus zapatos no casa con el del uniforme; otros, deben asumir el fracaso de ir años luz por detrás de sus compañeros por la imposibilidad de estudiar en su casa, sin mesa y con una televisión permanentemente encendida y tres o cuatro hermanos chillando. Y, aún así, por la tarde se agolpan en la puerta del barracón-escuela para hacer sus deberes con los voluntarios. Y, aún así, muchos esperan por la mañana despiertos en la oscuridad de su chabola la llegada de los voluntarios que indica el principio de otra jornada de muchos golpes y alguna que otra pequeña satisfacción.

Creo que está claro que los enormes antidisturbios que pasean con la barbilla alta por las calles del poblado más bien deberían besar el suelo cada vez que un niño romaní cruza frente a ellos. Qué extraño es que en lugar de eso el Ayuntamiento tenga la condescendencia de tirarles sus casas y decir a los medios que lo hace porque las casas estaban deshabitadas y que las familias rechazaron la ayuda de las Administraciones, ayuda que consiste en 2 noches de albergue y luego calle, o bien 100 euros y un billete de avión a Rumanía. Vamos a preguntar a Botella qué tal le parece a ella vender su hogar por 100 euros a ver si se aguanta la risa.

Para mí está claro que es simple y patético racismo. No creo que los niños romanís que encarnan la valentía y las ganas de vivir nazcan con un pecado original que merezca ese castigo.

Leer las palabras de María y su mención a Lucía me trajo a la mente esa otra historia de Lucía que también merece la pena ser escuchada con atención:

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